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Juegos finitos. Juegos infinitos
Jesús Ulargui




Todos recordamos cómo comenzaban los juegos en nuestra infancia. En la primera parte, que se desarrollaba rápidamente, se dedicaba un tiempo al establecimiento, o al repaso, de las reglas: “Vale que tu eres y yo soy”. Los niños intuitivamente entienden que el entretenimiento no es contrario al establecimiento de unas leyes que deben cumplirse. Bien al contrario, pronto descubren que es en el uso e interpretación de esos límites donde se encuentra el verdadero campo de juego: “Tu corres y yo te pillo”, “Tu eres el asesino y yo el policía”. De la aparente igualdad de oportunidades creada por lo ya fijado surge entonces la creatividad y la personalidad de cada jugador, que lo transforma en algo diferente e irrepetible. Ello le permite desarrollar su propia libertad con la aparición del reto y las excepciones: “Gana el que no es encontrado” “Esto es la casa pero también puedes escapar”. Existe también una primera acción de apropiación por la que hacemos nuestras las reglas para poder jugar. Es necesaria esa personalización del juego para aceptar los límites establecidos. El jugador debe convertirse en protagonista para que la diversión sea posible. Es decir, todos deben jugar por igual. Y durante el periodo del juego debo creer en lo que hago. Sin la fantasía de que esos límites creados son los únicos reales, nada tienen sentido. Sin creer, no se puede jugar.

Pero todos sabemos que la verdadera tensión no se encuentra en las situaciones más previsibles, mecánicas. Ellas son los vehículos del juego, la estructura necesaria que lo sostiene y lo fundamenta. Bien al contrario, el verdadero divertimento aparece en los “bordes” de las reglas, en sus interpretaciones más arriesgadas, en el “esto sí pero esto no”. Y ello obliga muchas veces a establecer un nuevo pacto sobre los limites ya planteados.

Pudiéramos pensar de forma pesimista que la libertad desaparece en el ser humano con la satisfacción de sus primeras necesidades de entendimiento y relación con el grupo. Todos hemos experimentado, unas veces con alegría y otras con amargura, la frustración y satisfacción que surgen del trabajo en equipo. Si entendemos las reglas a las que nos obliga la convivencia como un asunto cerrado del que no podemos salir y cuyo resultado es consecuencia directa de su aplicación, solo podremos disfrutar con un único objetivo: o soy el ganador o soy el perdedor. Aplicado a la educación, la consecuencia de este planteamiento convierte a la calificación en el único objetivo de la docencia: soy lo que la nota dice de mi. Aplicado a la vida todavía es peor: soy lo que los demás piensan de mi.

Pero imaginemos que, entendiendo que somos lo que hacemos, ponemos la atención no en el resultado sino en la acción que llevamos a cabo,. El bíblico “por sus obras les conoceréis” ya no desde el juicio, sino como manifiesto vital por el que lo importante son los hechos y, más concretamente, el cómo los hacemos. Si lo que nos interesa es el camino y no la meta, nuestras energías deberán entonces ir dirigidas a atender al “juego de la vida” para mantenerlo realmente vivo y complejo. Para ello las reglas tendrán que adaptarse, mutarse o transformarse debido a las diferentes circunstancias, al igual que un animal o una planta se adapta al medio en el que vive. Y ello abre un campo interminable, complejo y rico de posibilidades.

No hay otra inspiración para hacer arquitectura que observar la naturaleza. No hay otra forma de crear que mirarnos a nosotros mismos. Abrid un amplio campo de juego en vuestros proyectos. Cread reglas, repeticiones, composiciones y estructuras constructivas, pero jugad con los límites y sed flexibles con ellos. El juego será entonces realmente infinito: una diversión para toda nuestra vida.


Jesús Ulargui (1965, Logroño). Arquitecto desde el año 1989, doctor arquitecto desde 2004 y profesor titular de Proyectos Arquitectónicos de la ETSAM UPM desde 1993. El trabajo de su estudio Ulargui y asociados arquitectos, ha sido premiado y publicado en diversas ocasiones, siendo finalista en el concurso para la remodelación de la Plaza de España de Madrid y mención de honor en el proyecto para un entorno comercial Mount Lu, China. Entre sus obras construidas como Pesquera Ulargui arquitectos, destacan el Edificios de Juzgados de La Rioja, el Auditorio y Palacio de Congresos de Ibiza, el Museo de Bellas Artes de Pontevedra, la rehabilitación de la Casa del Obispo de Málaga y el Instituto de Estudios Superiores del Español en el Antiguo Seminario Mayor de Comillas, encargos obtenidos todos mediante la participación en concursos abiertos de ideas, actividad investigadora a la que dedica la mayor parte de su tiempo.