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La mujer en la investigación y docencia de la arquitectura
Silvia Blanco




La investigación no es otra cosa que una recopilación ordenada de conocimientos que pretende resolver problemas o explicar determinadas observaciones por medio del método científico. Y desde el principio, a los investigadores se nos exige olvidarnos del sujeto, utilizar un «se» impersonal en todas nuestras aportaciones, de manera que parezca que no somos nosotros quienes reflexionamos, escribimos o nos expresamos sobre determinados fenómenos. La subjetividad y las emociones deben ocultarse en un lenguaje neutro, riguroso y distanciado que aporte argumentaciones contundentes que conviertan nuestras ideas en algo incuestionable.

En este sentido, la experiencia personal y la expresión fenomenológica quedan ligadas a la docencia. Y en este ámbito, la documentación manejada se ha conformado en numerosas ocasiones olvidando el sujeto. Si atendemos a la autoría de los textos canónicos sobre la historia y la teoría de la arquitectura, nos encontramos con que la mayoría han sido redactados por varones, una figura universal en la producción del conocimiento. En algunas ocasiones, la mujer comparte con su pareja el trabajo teórico y la portada. En otros casos, el olvido y la indiferencia están claramente presentes.

En el texto titulado «Room at the Top? Sexism and the Star System in Architecture», publicado en 1989, la arquitecta y teórica Denisse Scott Brown se quejaba amargamente de la discriminación sufrida al eliminar su nombre de trabajos o críticas ejecutadas conjuntamente con su marido. El caso más sangrante lo componía el olvido sistemático que críticos, editores y publicistas hicieron de su coautoría en el célebre volumen «Learning from Las Vegas», en el cual Robert Venturi aparecía mencionado en numerosas ocasiones como único y principal autor. Frente a lo que podríamos considerar simples y triviales anécdotas, la discriminación, la falta de respeto y de rigor, son capaces de generar grandes traumas, tal como se desprende de las palabras de Scott Brown: «Estas experiencias me han obligado a luchar, me han acarreado dudas y confusión, y me han hecho perder una gran cantidad de energía [...] Pero mis quejas y reclamaciones enfadan a los críticos y generan hostilidades con algunos, un riesgo que los arquitectos no nos podemos permitir. Y de todos modos, yo misma no me gusto en ese papel de persona conflictiva»1

El número cada vez más creciente de mujeres dedicadas a la docencia de arquitectura permite, bajo mi punto de vista, ofrecer una perspectiva diferente del cuerpo teórico manejado hasta la actualidad. La habilidad para escuchar a las voces que han estado silenciadas, y la empatía que surge a poco que se la convoque, permiten hacer partícipes a los oyentes de detalles que de otra manera pudieran pasar inadvertidos o que son únicamente apreciables desde un punto de vista femenino.2 En la docencia de arquitectura, este discurso no ha estado explícito hasta la actualidad, aunque sin duda para las generaciones próximas sea realmente relevante.

Todos mis alumnos han oído hablar de Mies van der Rohe, Walter Gropius, Marcel Breuer o Paul Klee, maestros de la Bauhaus que estuvieron al frente de diversos talleres. Sin embargo, ninguno de ellos sabían que el taller de tejido, liderado por una antigua enfermera llamada Gunta Stölz, era el único de todos ellos dirigido por una mujer y económicamente rentable. Podemos así comprobar cómo entre aquellos docentes revolucionarios se encontraba un grupo de mujeres que contribuyó a consolidar el prestigio de la institución. Resulta curioso que su forma de trabajar no suscitase en su momento demasiado interés, en parte porque aquella etapa que revolucionó la arquitectura, el arte y el diseño no les ocupó en muchos casos más de diez años de su trayectoria profesional. En parte también, porque Gunta Stölz, Marianne Brandt, Lilly Reich o Anni Albers estaban ligadas al diseño de coloridos textiles, esbeltas lámparas y sofisticadas vajillas, un mundo de artesanía y diseño carente del reconocimiento público de la arquitectura masculina.

El legado de todas estas mujeres ha superado con creces la prueba del tiempo. Lo mismo sucede con otras arquitectas y diseñadoras pioneras que llevaron vidas emocionantes, pero que aparentemente no desearon situarse en primer plano y cuya fama quedó ligada invariablemente a una figura masculina: Eileen Gray, Charlotte Perriand, Margarete Schütte-Lihotzky o Flora Steiger-Crawford, son ejemplos perfectos de ello. Con el tiempo, sus obras se han revalorizado. El recorrido por la trayectoria de todas ellas permite mostrar la progresiva incorporación de la mujer al campo profesional y teórico de la arquitectura, observando el papel que desarrollaron en momentos particularmente difíciles.

Quien quiera adentrarse en el capítulo de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, no tendrá más remedio que revisar las notables asociaciones entre hombres y mujeres en el desarrollo de estrategias proyectuales. Es metodológicamente endeble mostrar la trayectoria de Alvar Aalto sin mencionar a Aino y Elisa Aalto. Asimismo, la obra de Louis I. Kahn es inseparable de las arquitectas Anne Griswold Tyng y Harriet Pattison, parejas sentimentales del arquitecto norteamericano y colaboradoras de su estudio. Son también destacados los trabajos conjuntos realizados por dos matrimonios finlandeses, la pareja formada por Kaija y Heikki Siren, así como el matrimonio compuesto por Reima y Raili Pietilä, habitantes de un país que fue precisamente el primero en toda Europa en admitir alumnas en los programas de sus escuelas de arquitectura durante el siglo XIX. Y por supuesto, es indispensable citar aquí al tándem cuyas ideas teóricas revolucionaron la Europa de los años sesenta y setenta: Alison y Peter Smithson. Poco importan los medios que se utilicen, sea la palabra, la literatura o las imágenes, porque al final lo relevante es el mensaje que queda: la invocación a un diálogo abierto destinado a acondicionar un espacio en el que no se menosprecie o se difumine el aporte de ninguna de las partes.

Esta línea de organización y exposición didáctica no supone en realidad un verdadero descubrimiento, a decir verdad recurren a ella muchos docentes que consideran expresión arquitectónica como la conclusión construida de conocimientos y vivencias. Participo del convencimiento de Ernst H. Gombrich de que son realmente las personas concretas quienes constituyen el sujeto de la Historia, y comparto su visión integradora de los fenómenos perceptivos en el mundo de las formas, lo que conlleva una gran dosis de escepticismo sobre la lectura lineal y propagandística de la arquitectura moderna que ha venido siendo una constante historiográfica a lo largo del siglo XX. Todo ello contribuye de manera importante a la visibilización del papel de un colectivo que no ha tenido un acceso generalizado a la conciencia colectiva. No se trata pues de construir una metodología nueva, sino de forzar diálogos entre textos sin necesidad de modificarlos, así como de repensar la cultura desde la experiencia presente.

Resulta significativo que casi una centuria después de que Le Corbusier afirmase que las mujeres habían tomado la delantera,3 el número de arquitectas renombradas siga siendo realmente limitado, a pesar del reconocimiento que supone que dos de ellas hayan sido galardonadas con el premio Pritzker desde el cambio de milenio: la arquitecta de origen iraquí Zaha Hadid (2004) y la japonesa Kazuyo Sejima (2010). Son también poco frecuentes las reseñas de obras proyectadas por mujeres en los ensayos de crítica arquitectónica. Si bien es cierto que son más jóvenes y poseen menor resonancia en conjunto, un rápido vistazo a los créditos muestra un número mayor de colaboradoras en procesos intermedios de lo que a simple vista indican los titulares de las obras finalizadas y publicitadas. En cualquier caso, las publicaciones de carácter periódico ofrecen una imagen fidedigna de la realidad, incorporando cada vez más redactoras y firmas femeninas que reflexionan e informan a los lectores -especializados o no– sobre temas de diseño, urbanismo y ciudad. Asimismo, es cada vez más habitual encontrarnos en las revistas de arquitectura con siglas que resultan de adicionar los apellidos de cada uno de los miembros de una pareja de profesionales, igualando de este modo la actividad conjunta de ambos.

Selgas Cano, Nieto Sobejano, Paredes Pedrosa o S-M-A.O. son solo algunos ejemplos españoles de esta tendencia. Si bien es cierto que muchas profesionales no desean hacer explícita su condición de mujeres, en otros casos la presencia femenina aparece difuminada ante un lector poco avezado; y en todos ellos, la imagen pública que se proyecta es la de una renuncia generosa de identidades para reforzar una en común. Sin embargo, esta cesión del reconocimiento y de la actividad creativa de la mujer en el trabajo, muchas veces ligado a cuestiones afectivas, puede trasladar el mensaje de que la presencia de un hombre es un ingrediente fundamental para el éxito profesional. En un contexto altamente competitivo, arquitectas tan representativas como Kazuyo Sejima han dejado entrever que determinadas cualidades asociadas a lo masculino se acomodan más positivamente que las femeninas ante ciertas situaciones laborales de gestión y relaciones con los clientes.4 Con todo, nada de lo anterior impide proyectar a la sociedad una imagen global de igualdad de oportunidades dentro de la profesión. Y esto es lo verdaderamente relevante para las futuras generaciones, que han vivido o tienen constancia de experiencias negativas y discriminadoras.5

En cualquier caso, y a pesar de todos los inconvenientes, la actividad en el ámbito de la arquitectura, su docencia e investigación remite a una posición muy respetada y privilegiada. A mis alumnas les recalco a menudo que el hecho de que presentarse ante el público como arquitecta o investigadora demuestra logro, capacidad artística e intelecto. Y es una seña de identidad. Sólo si somos capaces de evitar rendirnos ante los prejuicios del mercado en una profesión que idolatra la apariencia, sortearemos el riesgo de la autoexclusión y de convertirnos en un objeto de consumo dictado por la imagen.

Considero que la mayor parte de los problemas de las mujeres no son exclusivos de la arquitectura. La mayoría de las actividades poseen sus propios aspectos negativos. En mi opinión, el verdadero problema parece encontrarse en la brecha existente entre la preparación académica y el mundo laboral. Las dos siguen siendo muy diferentes y frustrantes. En este caldo de cultivo, numerosas empresas aprovechan para ofrecer condiciones económicas poco ventajosas a sus empleados, siendo las mujeres las más expuestas a ellas. Asimismo, los clientes, promotores, consultores y constructores suelen ser hombres, habitualmente pertenecientes a generaciones más mayores. A pesar de ellos, y según mi experiencia, estos no reaccionan tanto ante el género de un interlocutor como hacia la edad y la experiencia.

Con estas afirmaciones no estoy tratando de discutir todos los puntos acerca de la aportación de las arquitectas al campo teórico y práctico de la arquitectura. Se trata simplemente de manifestar la percepción que tengo de mí misma y de mi trabajo, en el cual disfruto la mayor parte del tiempo y donde además me siento reconocida. Una cita de Carl Jung condensa el espíritu de mi trabajo: «La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes». La misma resume mi labor docente: intentar proporcionar una atmósfera evocadora, forjada a través de imágenes, sentimientos, materiales e instrumentos mentales, que permita transformar el simple interés del alumno en un prolongado entusiasmo.


Notas

1 SCOTT BROWN, Denise: «Room at the Top? Sexism and the Star System in Architecture», en PERRY, Ellen/McQUAID, Mathilda: Architecture: A Place for Woman, Smithsonian Institution Press, Washington, 1989, pp. 237-246 [Traducción libre de la autora].
2 Robert Venturi fue galardonado con el premio Pritzker en 1991 a título individual, a pesar de estar asociado desde 1969 con su esposa y de que ésta afirmase que ambos diseñaban juntos cada centímetro de un edificio.

3 LE CORBUSIER: Mensaje a los Estudiantes de Arquitectura, Infinito, Buenos Aires, 2001 (1957), pp. 46-47.
4 ZABALBEASCOA COCA, Anatxu: «Camino hacia la extrema sencillez», Diario El País (16/11/2008).

5 En una encuesta realizada el 12/10/2012 a 18 de mis alumnas de un total de 60 estudiantes, todas ellas se mostraron inquietas ante su futuro laboral. Dos de ellas hicieron referencia a experiencias diferenciadoras sufridas por mujeres en el entorno laboral que conocían de primera mano, otra manifestó la renuencia inicial de su padre ante su decisión de convertirse en arquitecta y cuatro alumnos más mostraron las opiniones negativas de sus progenitores -vinculados directamente al mundo de la construcción-, ante la presencia de mujeres en la dirección de obras.




Silvia Blanco Agüeira, arquitecta por la Escuela de Arquitectua de A Coruña y Doctora por la misma, docente en Centro de Estudios Superiores Universitarios de Galicia. Su labor se centra en la teoría de la arquitectura.