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Del funcionalismo ambiental a la
estética de la energía

Eduardo Prieto




Si la debilidad de las sociedades se mide por su falta de capacidad para justificar la naturaleza “inevitable” de sus formas propias, a cualquier paradigma que pretendiese superar esta decadencia debería exigírsele un compromiso estético. Sin embargo, pese a su triunfo mediático, el modelo de la sostenibilidad no cumple esta exigencia: si por un lado, sabe con qué justificar teórica o técnicamente sus formas -el discurso medioambiental-, por el otro necesita parasitar los estilemas característicos del paradigma precedente, pues ignora aún cómo producir sus formas propias. Es entonces el propio modelo de “paradigma de la sostenibilidad” el que se pone en crisis y la disyunción resulta clara: o bien no ha habido nunca tal paradigma, y entonces, como hemos visto, tendríamos con conformarnos con una versión kitsch del funcionalismo, o bien dicho paradigma está incompleto, y sería necesario construir con nuevos criterios el polo interno o disciplinar que permitiese dar cuenta de los procesos creativos. Ahora bien, si hemos desenmascarado el mito de la transparencia y sabemos que entre las funciones y las formas existen inevitablemente otras mediaciones distintas de las técnicas -mediaciones artísticas, culturales, personales o irracionales-, ¿cómo decidir que mediaciones son las adecuadas para que la ruptura estética entre la función y la forma no sea tal ruptura sino que se establezca una continuidad tal que el paradigma de la sostenibilidad sea, por fin, algo completo?

Para buscar esta mediación, puede indagarse, de nuevo, en el sentido de la “sostenibilidad” y recuperar la que, en el fondo, es su versión más sintética y eficaz: el “imperativo energético” que, según vimos más arriba, había sido proclamado por Ostwald en 1912. Ahora bien, la energía es un concepto que tiene múltiples acepciones y es esta riqueza la que permite considerarla como un término mediador. La energía da cuenta, por un lado, de los aspectos mecánicos, termodinámicos y medioambientales - todos fundamentalmente cuantitativos- que determinan al nuevo paradigma. Pero, por otro lado, lo energético puede también asociarse a aspectos más cualitativos, que tienen un sentido que acerca a la arquitectura a algunas de las indagaciones artísticas contemporáneas más sobresalientes: las experiencias sobre lo informa, lo fluido, las atmósferas, el dinamismo de los procesos o la propia experiencia cinética de la
percepción, que lo vinculan a la tradición fenomenológica. En este contxto constituyen ejemplos sobresalientes el trabajo de Olafur Eliasson, Anish Kapoor o, ya en la arquitectura, la escuela japonesa del minimalismo ambiental, con SANNA a la cabeza. Con un pie en lo cuantitativo y otro en lo cualitativo, entre la técnica y el arte, la energía puede ser entonces un concepto fructífero para mediar entre el polo técnico o funcional de paradigma y el polo estético necesario para construir un universo de formas original.

El uso del término “estético” no es casual. El paradigma de la modernidad construyó un mundo de formas que, pese a los intentos más o menos fructíferos del funcionalismo o el racionalismo, ha estado alimentándose continuamente de la abstracción artística. Esto se demuestra incluso por el hecho de que el canto de ciste de la modernidad esté suponiendo una hipertrofia formalista sin precedentes. La historiografía de la modernidad, además, ha tendido a minusvalorar o directamente ningunear a lo estético del debate arquitectónico, un hecho sorprendente y atroz en una disciplina que debe trabajar necesariamente en ese campo perceptivo y atmosférico que es el espacio. Ni siquiera el éxito de la fenomenología durante algunas décadas del pasado siglo consiguió introducir los términos estéticos en la crítica contemporánea. Por supuesto, no empleamos aquí el sentido banal del término, sino que usamos el kantiano: la “estética” como ciencia de la percepción, a medio camino entre el entendimiento y la imaginación. Aquí aparece otra posibilidad de mediación fructífera entre los dos polos del paradigma: los aspectos cuantitativos energéticos pueden así relacionarse con la percepción cualitativa de las formas, del espacio o los ambientes. La estética acaba convirtiéndose así en una “estética de la energía”.

Las crisis son recurrentes. Son períodos de confusión en el que caben dos actitures: el repliegue a la tradición esperando la llegada de mejores tiempos o bien la expansión creativa que propone nuevos modelos. Si queremos que el paradigma de la sostenibilidad tenga futuro o que, al menos, sea propiamente un paradigma -o incluso una vanguardia- los polos funcionales y estéticos deben relacionarse a través de nuevas instancias mediadoras. El manido y pragmático recurso a los principios del mito de la trasparencia debe evitarse, pues éste como hemos visto, se muestra incapaz de generar nada más que un funcionalismo especializado que, por su inanidad para construir formas nuevas, acaba convirtiéndose en un epifenómeno más de lo kistch. Volvamos, por un momento, la mirada al arte; busquemos en la arquitectura contemporánea ejemplos que trasciendan las formas tradicionales o que, incluso las nieguen, experiencias que den cuenta de las posibilidades estéticas del espacio en relación a la luz, al aire, a la energía. Busquemos, en el nuevo paradigma, las “verdades” de la arquitectura.


Imagen: The Mediated Motion, Olafur Eliasson. 1839, Getty Museum, Los Angeles.


Este texto fue originalmente públicado en La arquitectura de la ciudad global. Redes, no-lugares, naturaleza.


Eduardo Prieto. Doctor arquitecto por la Universidad Politécnica de Madrid, licenciado en Filosofía por la UNED y DEA en Estética y Teoría de las Artes, y en Filosofía Moral y Política. Es autor de la tesis Máquinas o atmósferas: la estética de la energía y la arquitectura, 1750-2000, y de los libros La ley del reloj. Arquitectura, máquinas y cultura moderna (Cátedra, 2015) y La arquitectura de la ciudad global (Siglo XXI, 2011). Es profesor de Historia del Arte y la Arquitectura en la ETSAM, y ha sido profesor visitante y ha impartido conferencias en distintas universidades nacionales e internacionales, además de compaginar su trabajo profesional como arquitecto especialista en sostenibilidad con la labor, desde 2011, de redactor responsable de la revista Arquitectura Viva. Actualmente es Visiting Researcher en la Harvard GSD, donde está ultimando un libro sobre las atmósferas arquitectónicas.